Adiós, querido amigo Alvaro Mejía

Por CIRO SOLANO HURTADO

(Ex presidente FeCodAtle y Secretario General del Comité Olímpico de Colombia)

Lo admiré, por su tenacidad, coraje y valentía, pero también por su controvertida personalidad, que lo llevaba a coleccionar, con la misma facilidad, simpatizantes y detractores.

Querido por muchos y odiado por algunos, pero nunca ignorado. Álvaro Mejía Flórez fue un contestatario por antonomasia, porque podía tranquilamente ‘mandar al carajo’ a quien le diera la gana, como cuando el alcalde de Boston, Estados Unidos, lo mandó a llamar para felicitarlo por el triunfo en la maratón de 1971, y Mejía le dijo al mensajero: “El importante soy yo, si quiere saludarme, que venga hasta aquí”.

Otra vez, en unos Juegos Panamericanos, a su pupilo Carlos Mario Grisales le enviaron un sicólogo para que lo asistiera antes de la carrera de maratón. Mejía, sin ninguna prudencia, lo hizo sacar de la Villa, porque consideró que ese profesional lo debió tener durante todo el proceso de preparación, y no en el último segundo.

Luego de residir durante más de 30 años en Estados Unidos, se pensionó, regresó a Colombia y fue hasta la Embajada de Estados Unidos, para devolver la visa de residente que tenía. El cónsul se sorprendió y le preguntó por qué lo hacía, mientras mucha gente luchaba por tener ese documento. Mejía le respondió al funcionario: “Ya no la necesito. Regresé a mi patria para quedarme por siempre. Volveré a Estados Unidos, cuando sea necesario, con mi visa múltiple”. Y, en efecto, Mejía volvió a Estados Unidos varias veces, entre ellas, para la celebración de los 100 años de la Maratón de Boston, que ganó en 1971.

Esas reacciones rebeldes y contestatarias parecían ser su venganza contra un mundo que siempre le dio la espalda, que no lo comprendió ni lo apoyó. Su descortesía era la daga con la cual quería cortar de tajo sus vínculos con el mundo de las falsas gratitudes. Pero nunca fue ingrato con quienes lo apoyaron en ciertos momentos, a quienes les entregó su agradecimiento y sus buenos modales.

Fui su amigo, compartí con él cuantas veces quise, especialmente después del retiro, porque le profesé una amistad sincera, que fue correspondida, como solía hacerlo en ese pequeño círculo de sus amigos más cercanos. Mi admiración por Álvaro me llevó a tenerlo en cuenta en todas las ocasiones en que se necesitara la presencia de un símbolo humano, como cuando portó la antorcha de los Juegos Bolivarianos de Santa Marta, en 2017; o recibió el Premio Altius otorgado por el Comité Olímpico Colombiano; o la máxima condecoración de la Federación Colombiana de Atletismo, y múltiples reconocimientos, siempre inferiores a sus merecimientos.

Hoy, cuando ha partido hacia el infinito, su memoria, su carrera, sus hazañas, su ejemplo siguen con nosotros y permanecerán en nuestros corazones, porque su huella será imborrable.

Adiós, mi querido amigo…

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