Cali, la ciudad del gran Pedro Grajales

Esta semana, World Athletics le asignó a Cali la sede del Mundial Sub-20 del 2022. Uno de los estadios donde se llevará a cabo el certamen lleva el nombre de Pedro Grajales, a quien la Revista Olímpica le hizo esta nota que replicamos.

Por Heberth Artunduaga Ortiz (fuentes: Revista Olímpica y Running Colombia)

El avión con destino a Tokio comienza a carretear por la pista central del aeropuerto Internacional de Los Ángeles. Es el primer sábado de octubre de 1964. En una de sus sillas con ventanilla va el joven de 24 años Pedro Grajales, nacido en el barrio Obrero, de Cali.

A medida que el avión toma altura, Pedro comienza a recordar sus años de infancia jugando en el recreo del colegio a la rueda, que consistía en un aro hecho de llanta, dando vueltas por la manzana de su casa. Le encantaba escuchar en las emisoras caleñas los clásicos del rock and roll, del mambo y de la guaracha, y aprender cómo se bailan estos ritmos, pasión que lo ha acompañado a lo largo de la vida, porque siempre fue un gran bailarín.

A los diez años, su familia se trasladó a vivir a Medellín. Su padre era propietario de buses de servicio público. En su adolescencia ingresó al Colegio Militar José María Córdoba. En ese tiempo muestra su afición por el fútbol, aprende a fumar cigarrillo y a tomar trago. Estando en el colegio, un sargento organizó una carrera atlética hasta las instalaciones de la feria ganadera, en el municipio de Bello. Este fue su primer triunfo como atleta, y como premio, lo llevaron a ver unas competencias de Intercolegiados, en el estadio Atanasio Girardot.

Cae el gobierno de Rojas Pinilla, en 1957. Por esa época la Academia Remington, en donde estudia comercio, y el colegio militar cierran temporalmente clases, por el cambio de gobierno.

El novato Pedro Grajales se enfrenta, en 1961, en los 100 metros, al veterano Leonel Pedroza, quien había ganado el año anterior seis medallas de oro, en los Juegos Nacionales de Cartagena y era gran figura del atletismo vallecaucano. Luego de exigir a Pedroza en el recorrido, Grajales pierde el equilibrio, poco antes de la meta, y rueda sobre la pista del estadio Pascual Guerrero, de Cali.

El doctor Hanna, un lituano que era gerente del reconocido almacén Tía le da su primer trabajo como supervisor. Una mañana, un ladrón coge una caja de medias elásticas importadas y sale corriendo. El doctor Hanna, su jefe, sale a perseguirlo, Pedro, al darse cuenta, también corre detrás del ladrón, y antes de dos cuadras, este al ver que lo van a alcanzar tira el paquete de las medias al piso. Esta acción despertó la admiración de su jefe y compañeros.

Al comienzos de la década de los sesenta, la familia Grajales regresa a Cali, a vivir en el barrio Bretania. El joven extraña sus días de Medellín, sus amigos y la música. Durante esta época abandona el cigarrillo y el licor.

Una tarde pasa por el estadio Pascual Guerrero con un amigo y la curiosidad los lleva a entrar a ver entrenar a los mejores atletas vallecaucanos del momento. De lejos vieron, entre otros, al profesor Carlos Ávila, el más reconocido entrenador de atletismo del país, y a Leonel Pedroza, atleta de moda, quien acababa de regresar de ganar seis medallas de oro en los Juegos Nacionales, de Cartagena 1960.

De pronto, Pedro ve sorprendido cómo su amigo baja corriendo a la pista y habla algo con los atletas que están entrenando, mientras lo señala y todos lo miran. Después regresa y le dice a Pedro: “Les dije que vos eras un talento para correr y que querés competir con ellos. Uno me dijo, algo orondo que sí, pero que tendrías que correr por la grama, porque en la pista solo pueden correr los atletas de la Liga”. Luego de sonreír, Pedro aceptó y con sudadera y tenis prestados les ganó. Este hecho llamó la atención del entrenador Alfaro Parra, con quien empezó prácticas al otro día.

Después de consagrarse como el mejor corredor de 400 metros, en Colombia, participó en el chequeo selectivo para los Juegos Olímpicos de Tokio 1964, que se realizaron en el intermedio de un partido de fútbol del Deportivo Cali, en el Pascual Guerrero, y logra la marca mínima de 21 segundos, con cronometraje manual. La Casa del Deporte del Valle financia su tiquete a Tokio.

Como nunca había viajado al exterior tiene que tramitar el pasaporte. En ese momento trabajaba como instructor en la Escuela de Aviación Marco Fidel Suarez, a la cual ingresó luego de reportar que tenía varicocele y amigdalitis, y debió tramitar la libreta militar, firmada por el comandante de la Escuela, quien al enterarse del motivo de dicho trámite preguntó con ironía: “¿Ese inválido nos va a representar en los Olímpicos?“. En cinco minutos ya tenía en su mano la libreta militar.

La Casa del Deporte del Valle, que se convertiría en el primer Coldeportes regional de Colombia, le patrocina el tiquete aéreo.

El largo vuelo de Los Ángeles a Tokio continúa y los recuerdos y sueños de este joven de más de 1,80 metros de estatura, de contextura delgada, no paran. Era su primer viaje internacional. El avión avanzaba en la oscuridad de la noche su travesía por el Pacifico. Solo se veían por la ventanilla algunas estrellas y las luces de algún barco sobre el mar. En la fila de atrás, Cochise Rodríguez, quien había ganado su segunda Vuelta a Colombia, dormía profundamente, lo mismo que el pistero Mario ‘Papaya’ Vanegas y el fondista Álvaro Mejía.

Por fin el avión aterriza en el aeropuerto Haneda, de Tokio, y Pedro comienza a ver personas orientales, con sus ojos rasgados y allí se da cuenta que comienza a hacer realidad el más grande sueño de cualquier deportista del mundo, que es participar en unos Juegos Olímpicos, en representación de su país y lograr un gran desempeño.

Después de un viaje de 70 km, en autobús, el grupo llega a la Villa Olímpica. Lo primero que hacen los atletas, después tan extenuante recorrido, es ir al comedor central y comer de todo lo que ven. Con los atletas Álvaro Mejía, José Gregorio Neira, Francisco Gutiérrez y Pedro Grajales no viajó ningún entrenador, por lo tanto, en las secciones previas de entrenamiento, los mismos atletas toman los tiempos.

El sábado 10 de octubre, el emperador Hirohito inaugura los Juegos, los primeros con televisión a color, para Europa y Estados Unidos, en los que participarían 5.151 atletas, de 93 países. El encargado de encender el Fuego Olímpico es el joven Yoshinori Sakai, llamado el Bebé de Hiroshima, por haber nacido el día en que cayó la bomba atómica lanzada por Estados Unidos, sobre esa ciudad, en 1945, que dejó más de 70.000 mil muertos.

El atleta más destacado de los Juegos fue el etíope Abebe Bikila, quien repitió el oro olímpico ganado en la maratón de Roma, cuatro años atrás, en donde corrió descalzo. La reina de los juegos fue Larisa Latynina, de la antigua Unión Soviética, que ganó dos medallas de oro y dos de plata, en gimnasia artística. Todavía tiene el récord de haber conquistado 18 medallas olímpicas.

Grajales compite en 200 y 400 metros planos. En la primera serie de 200 pasa a la siguiente ronda, con tiempo de 21.4 segundos. En la siguiente ronda desmejora su tiempo al hacer 21.7. Estuvo muy cerca de pasar a semifinales. El norteamericano Henry Car, con un tiempo de 20.3 fue el campeón. Dos días después, Pedro Grajales clasifica a la segunda ronda de los 400 metros planos, con 47.8 segundos. La medalla de oro es para el también estadounidense Michell Larrable. Con esta actuación, Grajales fue el atleta colombiano más sobresaliente de esos Juegos. Los otros no tuvieron destacada participación.

Los días siguientes en Tokio, antes del regreso, los atletas colombianos fueron invitados por Olivetti, empresa que había patrocinado el tiquete de José Gregorio Neira, a conocer los lugares más turísticos de la capital ‘nipona’ y a comer en restaurantes típicos. Como ninguno hablaba una sola palabra de inglés, siempre les servían comidas diferentes, a las que ellos incluían un plato de carne cruda adobada.

Al regreso de los Juegos, Pedro Grajales viaja a California invitado por los Cuerpos de Paz, muy de moda por esos años en Colombia; estudia un semestre de educación física, y regresa a trabajar en diferentes colegios.

Grajales repite participación olímpica en México 68 y logra triunfos en Juegos Bolivarianos, los Centroamericanos y del Caribe y los Panamericanos, y en torneos regionales de atletismo. “Mi mejor figuración fue en los Panamericanos de Winnipeg 1967, en los cuales quedé de cuarto, en los 200 metros planos ganados por John Carlos, quien logró bronce el año siguiente, en los Olímpicos de México, y en la posta 4 X 100 ganamos bronce, actuación memorable detrás de Estados Unidos y Cuba”, dice.

En 1969, La Liga de Atletismo del Tolima lo contrata como entrenador, con miras a la participación en los Juegos Nacionales que se realizarían en Ibagué, en 1970. Aún retirado de la alta competencia integra el equipo tolimense en las dos postas, ya que una semana atrás, dos de sus atletas fueron reclutados para el ejército. Después por 10 años regresa a Antioquia como entrenador de velocidad. Después retorna a Cali, su tierra natal, a trabajar en la Junta de Deportes del Valle, como responsable de la velocidad. En 1994 se pensiona.

Bailarín reconocido

Nunca se sabrá qué hizo mejor, si el atletismo o el baile, porque fue un bailarín de salsa reconocido. En los Juegos Panamericanos de San Juan de Puerto Rico, al terminar las competencias, Jorge Franco Pineda, presidente en ese entonces de la Federación de Atletismo, y la señora Aurora Muñoz, lo inscriben en un concurso internacional de salsa que se realiza en el Hotel la Concha, en donde participan más de 40 bailarines, entre estos los mejores de Cuba, Puerto Rico y República Dominicana. Después de muchas rondas clasificatorias, Pedro, el bailarín, gana el título.

Cuando se le pregunta por el recuerdo más triste, no duda en responder: «Mi participación en los Juegos Panamericanos de Cali, porque fui eliminado en la primera ronda de 200 y 400, en mi propia casa y ante mi gente. Claro, ya me había retirado del atletismo y regresé para participar en esos Juegos».

Hoy, a sus 80 años, sigue bailando salsa; vive en Cali; sigue siendo un conversador ameno y divertido, y mantiene una relación cercana con sus tres hijos, a pesar de que ellos, licenciados en educación física, viven dos de ellos, en Francia y Estados Unidos, y el tercero, en Colombia.

Cuando lo llamé para recordar su participación en los Juegos de Tokio, hablamos muchas veces y la sensación que me quedará para siempre es que es un hombre optimista positivo y feliz.

Por Heberth Artunduaga Ortiz
Dirigente deportivo

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