Joaquín Arbe construye su casa y espera volver a correr

Por Mauricio Codocea / Clarín

-Disculpá que no te atendí antes: estaba terminando con la mesada.

Aunque el llamado no se trata de una relajación pos rutina de ejercicios. Lo que el atleta está haciendo durante la cuarentena por el coronavirus​, a diferencia de muchos colegas que aprovechan (y tienen los elementos) para poner sus cuerpos a punto, es terminar de construir y de refaccionar su propia casa. Con sus propias manos…

“Hace dos años que avanzo de a poquito con los arreglos gracias a lo que voy ganando en las carreras”, explica Joaquín, quien un día antes de la entrevista completó la colocación del piso de la cocina.

“Compro materiales de a poco, porque está todo muy caro. Cuando me sobran dos o tres lucas, compro. Y cuando veo que tengo un hueco para hacerle algo a la casa, trabajo algunos días. Al llegar de Cachi, donde me estuve entrenando antes de que pasara todo esto, sabía que ya no podría salir a entrenar y que no me iba a quedar otra que quedarme en casa, así que aproveché”, agrega.

Joaquín Arbe trabajando en la remodelación de su casa. (Foto: IG/joaquinarbe2508)

Joaquín Arbe trabajando en la remodelación de su casa. (Foto: IG/joaquinarbe2508)

Es todo un desafío en tiempos de cuarentena: Arbe se ve obligado a trabajar solo. Habitualmente lo ayuda un tío, pero la peculiar situación que se vive a partir del aislamiento social, preventivo y obligatorio que dictaminó el Gobierno hizo que debiera rebuscársela. Y no le va nada mal.

No le falta compañía de la buena: su esposa, Alejandra, le alcanza algunos materiales y siempre está con el mate a mano. Sus hijos Emanuel, de 12 años, y Maia, de 10, andan por ahí, divirtiéndose y mimando a Erick, el más chiquito, de apenas seis meses. Ahora, de a poco, con más comodidad y espacio que antes.

Arriba: Joaquín Arbe colocando la bacha. Abajo: trabajo terminado. (Foto: IG/joaquinarbe2508)

Arriba: Joaquín Arbe colocando la bacha. Abajo: trabajo terminado. (Foto: IG/joaquinarbe2508)

“La casa me la donó mi abuela y no tenía más que una cocina de 4 metros por 3 y una pieza de 3 por 3. Hasta ahora dormíamos todos en una sola pieza, por eso fue lo primero que hicimos -recuerda-. Tampoco tenía el piso en la cocina, así que lo hice a nuevo: ayer lo terminé de pastinar. Ahora estaba revistiendo la mesada y me quedan los revoques en la pieza de los nenes, el piso y después todo lo que es la instalación de la luz, el gas y el agua”.

Las publicaciones que Joaquín suele hacer en su cuenta de Instagram, red social en la que fue compartiendo sus progresos en los trabajos de la casa, acumulan comentarios, felicitaciones y hasta pedidos de tips. Entre tanto atleta con rutinas de ejercicios, ¿se animará a la veta didáctica?

Joaquín Arbe, de tener vergüenza de correr en pantalones cortos a lograr una marca histórica en el medio maratón

“Algunos me ponen que haga un vivo revocando o pegando pisos, pero me da cosa. Además, tampoco tengo a alguien para que me esté filmando todo el tiempo”, dice entre risas.

“Yo hago chistes, trabajo con música y me lo tomo con humor”, asegura Arbe, quien reconoce su buena mano pero no se considera un experto: “Seguramente, si viene algún especialista va a encontrar detalles, pero me siento bien porque me sirvió de algo todo lo que aprendí con mi abuelo”.

Joaquín Arbe, levantando una pared en su casa de Esquel en 2019.
Foto: instagram @joaquinarbe2508

Joaquín Arbe, levantando una pared en su casa de Esquel en 2019. Foto: instagram @joaquinarbe2508

Aprender en familia

La facilidad para la albañilería vino por la familia y para la familia. “Arranqué de ayudante cuando tenía 16 años y me enteré que iba a ser papá de mi primer hijo -recuerda el maratonista-. Ahí ya era campeón argentino, pero no me era rentable: lo único que tenía era una beca provincial de 500 pesos por ser campeón nacional”.

Sigue su relato y su reflexión. “No podía mantenerme con eso, así que dejé la escuela y empecé a trabajar con mi abuelo y después con mi tío. Fui aprendiendo con ellos y cuando llegó el momento de hacer algo en mi casa, ya tenía conocimientos y me largué a ver si había entendido algo. Por suerte me sirvió”.

Esa cultura del trabajo y del deporte intenta inculcarla desde el ejemplo. “Tengo un hermano de 14 años y trato de que no se descarrile mucho -sonríe Joaquín, aunque habla bien en serio-. Está en una edad en que algunos de los pibes empiezan a salir, a andar en la calle, a fumar, a quedarse en la esquina… Y yo trato de darle una mano, lo incentivo a que corra y lo traigo a trabajar cuando se puede”.

En busca de una cinta

Como especialista en carreras de larga distancia, lo más importante para Joaquin él es tener ritmo de corrida. Sin embargo, la cuarentena está conspirando en su contra porque no tiene las facilidades que necesitaría: su terreno es muy pequeño y tampoco tiene una cinta, por lo que prácticamente no puede correr.

“Hablé con (el entrenador) Leo Malgor y me contó que cuando volvió con Belén Casetta de Kenia hicieron algunas publicaciones en las redes para pedir cintas y de un gimnasio re buena onda le acercaron una. Así que me recomendó lo mismo”, explica el maratonista, que consiguió la clasificación a los Juegos Olímpicos de Tokio en septiembre pasado al consagrarse campeón nacional y subcampeón sudamericano en el Maratón de Buenos Aires, logrando también el mejor registro histórico de un argentino en suelo nacional y el 2° absoluto de todos los tiempos.

Si bien recibió una bocanada de aire fresco con la postergación de la cita de Tokio para 2021, la imposibilidad de entrenarse como quisiera (y como se debe) lo preocupa.

“Hace más de un mes que no corro. Estar clasificado a unos Juegos Olímpicos y no poder ni salir a trotar es algo que te bajonea un poco”, reconoce.

“Sé que ahora tengo algo más de tiempo, pero tampoco es cuestión de no darle importancia. Puedo hacer abdominales, fortalecimiento, pero físicamente estoy bien. En cambio, si no corro, pierdo demasiado. Ojalá salga alguna colaboración”, pide.

Ya envió una nota al área de Deportes de la provincia de Chubut para ver si le habilitan algún espacio o lo ayudan a conseguir una cinta. Mientras tanto, Joaquín Arbe espera. Y trabaja en su casa, con manos tan hábiles como esas piernas que lo hicieron marcar ese segundo mejor tiempo (2h11m04) en la historia de los maratonistas argentinos.

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