Confederación Sudamericana De Atletismo

Ramón Sandoval, leyenda chilena del mediofondo

Por LUIS VINKER

El atletismo chileno tiene una gran tradición en las distancias de mediofondo. Un dotado como Guillermo García Huidobro (el popular “Memo”) a fines de la década del 30 y principios de los 40, llegó a dominar el escenario sudamericano. Los años 60 fueron los de Jorge Grosser, luego llegarían nombres como Cristian Molina, Manuel Balmaceda (subcampeón mundial junior) y Pablo Squella, también destacado en los 400 metros con vallas, hasta que Brasil con su trío de primera línea mundial –Joaquim Cruz, José Luis Barbosa, Agberto Guimaraes- llevó estas pruebas a niveles inaccesibles para el resto de la región.

            Pero aquella tradición chilena se afirmó con un nombre que, sin dudas, quedó como uno de los más notables, y seguramente el más popular, entre los corredores desde los 800 hasta los 1.500 metros: Ramón Jesús Sandoval. Y secundado en sus primeras aventuras atléticas –y hasta hoy, en su vida- por su hermano, Waldo.

            Ramón ya está cerca de sus noventa años (nació el 23 de septiembre de 1931), junto a  Waldo recibieron varios homenajes hace poco en Santiago. Y en una extensa entrevista a ambos, a la cual se puede acceder por YouTube, contaron sus comienzos:

            “Al principio, Waldo me ganaba siempre. Pero era un estímulo que entrenáramos juntos. Mi objetivo cuando empecé era emular a los grandes campeones que tenía el atletismo de Chile, sobre todo los hermanos Ehlers”, contó Ramón Sandoval. Su hermano recordó que “Ramón era un apasionado por el atletismo desde el comienzo. Nos íbamos a entrenar en el estadio de Recoleta con Alberto Tenorio, tomábamos dos micros para llegar allí, todos los días. Ibamos de noche, casi no había luz, ni en el vestuario ni en la pista. Y nos duchábamos con agua fría”. Venían de un hogar humilde del barrio de San Miguel, pero los hermanos Sandoval siempre destacaron que sus padres “nos apoyaron al máximo” para que se dedicaran al atletismo.

            Al principio de su campaña, Ramón Sandoval se especializó en los 400 metros y así fue convocado para su debut internacional en los Juegos Panamericanos de Buenos Aires (1951), donde quedó tercero en su serie, y un año más tarde para el Campeonato Sudamericano en la misma capital argentina, donde sufrió una frustración. Avanzó a la final de los 400, terminó sexto, y luego participó en la posta larga, que se llevó la medalla de bronce. “Sentí que había fracasado, me dolió en el alma. Pero lo más duro  fue que uno de los dirigentes me dijera que les fallé, que no tenía clase internacional. Fue una sensación horrible, me pregunté ¿para qué seguir entrenando? Y le dije a Waldo que no seguiría más en el atletismo”. Sandoval atribuyó su “bajo” desempeño al desgaste de las pruebas que le tomaron en los días previos. “Llegué sin chispa a ese Campeonato”, recordó.

            Varios meses después, y alejado del atletismo, se encontró con su entrenador Edgar Laipenieks –un letón radicado en Chile- en el Estadio Nacional. “Me llevó a su casa, me habló de muchas cosas de la vida. Me dijo: ‘tú tienes valor, tú tienes garra. Y serás el mejor corredor de Sudamérica en los 800 metros. Me levantó la moral y para mí fue un renacer espiritual”. Sandoval contó con la asistencia técnica tanto de Laipenieks como de Jules Kovacs, húngaro, quienes estaban a cargo de los seleccionados chilenos.

            Y en abril de 1953, en ese mismo Estadio Nacional que lo tuvo como ídolo de multitudes por casi una década, inauguró su cosecha triunfal: se impuso en los 800 metros del Campeonato Sudamericano Extra con 1m.52s.3, bajando en tres décimas el récord sudamericano establecido cuatro años antes por su compatriota Hugo Nuttini. Este había asomado como gran figura, pero se marchó a Estados Unidos, su campaña atlética no avanzó y, en cambio, se doctoró en antropología y sociología, con una controvertida trayectoria política.

            La crónica de la revista Estadio cubrió de elogios a Sandoval: “Las tentativas de los dos brasileños y del argentino Lombao se estrellaron como saetas contra una muralla. Sandoval corrió con tanta seguridad y fortaleza que a la altura de los 500 metros, donde los que entendían pensaron que naufragaría, fue precisamente donde comenzó a mostrarse, vigoroso, entero, seguro, sin el menor asomo de desfallecimiento. De esta manera, nunca vio a su lado a alguien que fuera a discutirle la colocación. Y esperaba a alguien que no llegó.  Sin embargo, siguió sin debilitar su ritmo Ramón Sandoval, campeón y recordman sudamericano de los 800 metros, acompañado de Argemiro Roque (2) y Valdomiro Monteiro (3), ambos de Brasil. La marca del chileno fue de 1m52s3, las de los brasileños, 1m53s7 y 1m54s.5. Vigoroso y tenaz, sin desdibujar su silueta imponente y su acción de astro superior (…) La falta de guerra, que a cualquier otro lo hubiera hecho declinar en sus Ímpetus, no lo alteró. No miró para atrás, no aflojó, ni se sintió ya ganador; mantuvo el tren en toda la recta y entró a la meta como un rey. Por eso selló el record sudamericano y chileno. Gran marca, gran carrera y gran atleta. Doble triunfo de este muchacho moreno, macizo, humilde, con cara de chileno y nombre de chileno, Ramón Sandoval. Más sorprendente, porque era un novicio en la prueba complicada”.

            Un año después, en el Campeonato Sudamericano en Sao Paulo, Sandoval revalidó su supremacía y llevó el récord a 1m.50s.9, además de obtener la medalla de plata en la posta 4×400 (con marca nacional) y la de bronce en el individual de 400 llanos. Allí el periodista Pepe Nova comentó: “Lo que posee Ramón Sandoval, y que le permite responder de esa manera espectacular en el momento necesario, tiene un nombre en el deporte. Se llama clase. Es la marca que distingue a los grandes campeones y nadie ha podido todavía definirla. Nadie sabe dónde está ni en qué consiste. No la da el entrenamiento ni la herencia. Es imposible tratar de fabricarla. De repente, sin saber por qué, sale un hombre de clase. Un deportista capaz de quebrantar las reglas que rigen a los demás, capaz de hacer las cosas a su manera y de ser, a pesar de ello, un campeón imbatible. Zatopek, con su estilo antiestético; Dillard, saltando las vallas encogido; Pancho Segura, tomando la raqueta con dos manos. Para esa clase de hombres, las reglas valen poco. Tienen clase. Potrerillos Salinas era así. Ganó el campeonato de Chile sin saber correr, pisando sobre los tacos. Fue campeón sudamericano, casi sin entrenar, preparándose unos días antes de cada torneo de importancia. Era, lo mismo que Ramón Sandoval, el hombre de los grandes momentos”.

            Y esa clase también apareció en los Juegos Panamericanos de 1955, en la altitud de México. No pudo con los estadounidenses Arnold Sowell (campeón en 1m49s7) y Lonnio Spurriel (escolta con 1m50s0), pero marcó 1m52s4 para llevarse la medalla de bronce y aventajar por una décima al coloso mundial de la época, el bicampeón olímpico Malvin Whitfield.

            Para la temporada de 1956, también se enfocó sobre los 1.500 metros. El Campeonato Sudamericano, de regreso en su reducto santiaguino y alentado por más de 30 mil personas en cada jornada, lo vio a Ramón Sandoval en su plenitud. Durante el Campeonato Nacional, previo, ya se había mostrado en plena forma (1m52s3 en 800, seguido por su hermano  Waldo con 1m53s2) y récord chileno de 1.500 con 3m53s4. El 15 de abril, en la apertura del Campeonato Sudamericano, Ramón Sandoval conquistó los 1.500 metros y se convirtió en el primer atleta de la región que lograba bajar los 3m50s, implantando un récord de 3m48s4. También esa carrera marcó el comienzo de sus duelos en mediofondo con el recordman argentino Eduardo Balducci, quien lo escoltó con 3m53s4, quedando la medalla de bronce para Waldo Sandoval con una décima más. “Sentí que iba a desfallecer, pero me animé al ver la meta”, contó Ramón, tras abrazarse con sus bravos rivales.

            Cumplió su estrategia de correr siempre en punta, atravesando los parciales en 59s para la primera vuelta, 2m para los 800 metros, 2m32s al paso de los 1.000 metros y 3m02s en los 1200, rematando en 13,4 los cien metros finales. Había mejorado en casi cinco segundos el tope sudamericano, fijado el año anterior por el argentino Juan Doroteo Miranda al ganar el oro panamericano en México (3m53s2).

            La euforia chilena puede sintetizarse en esta crónica de Estadio:

            “La frente alta, la mirada fija hacia adelante, el braceo firme, los músculos elásticos. Al fondo, la gente conmovida, intuyendo la hazaña, se levantó ya de los asientos y en lo alto ondea linda y garbosa una bandera. “¡Sandoval! ¡Sandoval!”, ruge la multitud sacudida por ese algo indefinible que hay en el campeón que hace que se ericen los cabellos, que se humedezcan los ojos y que la voz se ahogue en la garganta. Por ese algo que tienen los astros excepcionales del deporte, vigor, colorido, prestancia, contenido humano. Por eso que tienen las grandes proezas que se registran sobre la arena, que conmueven, exaltan, aceleran las pulsaciones, nublan la vista y crispan los nervios.  “¡Sandoval! ¡Sandoval!”, exclama la muchedumbre sobrecogida por el hermoso espectáculo del atleta soberbio, del muchacho humilde que va gritando su ejemplo a la juventud chilena; que a elásticas zancadas, con la vista siempre adelante, va ganando la gloria deportiva. Ramón Sandoval, el campeón, el recordman, el modesto muchacho que se propuso seguir los impulsos de su mente amplia, de su espíritu limpio, de su voluntad de bronce”.

Y agregan: “El muchacho del pueblo nuestro que no quiso entregarse como muchos a la estrechez y a la pobreza del medio con que se pretextan las frustraciones. La figura estupenda del atleta de jerarquía, se va recortando imponente sobre el fondo de brazos que se agitan y de una bandera que flamea orgullosa. Hay en su paso firme mucho de la resolución con que acometió la dura y hermosa empresa de ser campeón, sin renunciamientos, con abnegación que en su caso y en muchos aspectos llega a ser sublime. Se negó, incluso, gratos placeres que nos brinda la vida, para seguir sin mácula su vocación de campeón. Ahí va, en pos del premio que merece. Hemos vivido hermosos momentos a la vera del de porte. Al propio Ramón Sandoval le debíamos ya algunos imperecederos. Entre nuestras más intensas y puras emociones, queda registrada ahora la de estos 1.500 metros sensacionales, con la visión del moreno mu chacho de Chile, elástico, fino y vigoroso a la vez, avanzando gallardo hacia la meta bajo la gritería estremecedora de la muchedumbre que intuyó la hazaña”.

Y cuatro días más tarde, Ramón Sandoval quebró otra barrera histórica del mediofondo sudamericano al marcar 1m49s0 en los 800 metros, seguido una vez más por Balducci (1m51s5) y por el brasileño Argemiro Roque (1m52s4), con Waldo Sandoval en el cuarto puesto.

            Los Juegos Olímpicos de Melbourne ya eran una escala mayor y allí, pese a su entrega, Sandoval no pudo atravesar las eliminatorias de 800 y 1.500, en pruebas en las que también participó su compatriota Eduardo Fontecilla. Tuvo muchas dificultades en su preparación y antes de partir había comentado: “No estoy bien, ni siquiera puedo intentar alguna marca. Tal vez, lo mejor será quedarme en casa…”.           

            Un año después, nuevamente en Santiago y por la Copa de Campeones Sudamericanos que reunía a brasileños, chilenos y argentinos, Sandoval se reencontró con sus ya clásicos rivales. En los 800 metros marcó 1m50s4, aventajando al brasileño Argemiro Roque, cuya marca de 1m51s9 significó récord nacional. Waldo Sandoval quedó tercero. Y en los 1.500, Ramón igualó su récord de 3m48s4, seguido por Fontecilla y los argentinos Gilberto Miori y Balducci.

            Pero a fines de 1957, Ramón Sandoval recibió la beca de la Lamar University en Texas y decidió continuar allí su campaña. Las competiciones universitarias en Estados Unidos, con su tremendo nivel competitivo y poderosa organización, son una tentación y una posibilidad para nuestros mejores atletas, aunque no siempre los resultados son los esperados. Sandoval conoció allí los más avanzados sistemas de preparación, aunque su propio standard técnico –tal vez por las exigencias y el ritmo de las pruebas universitarias- ya no se elevó.

            A principios de 1958 fue un puntal del equipo de la Lamar, ganando una serie de carreras sobre 880 yardas y la milla, mejorando en esta distancia el récord sudamericano en dos oportunidades. Y llegó a punto para defender sus coronas sudamericanas en Montevideo frente a sus acostumbrados rivales. En los 1.500 metros quebró una vez más el récord sudamericano con 3m.47s.5, delante de los argentinos Miori y Balducci (ambos con 3m51s3). Y en los 800 marcó 1m49s6, seguido por Balducci (1m51s3) y el brasileño Roque (1m52s6).

            A pesar de sus compromisos en Estados Unidos, fue infaltable para la Selección de Chile y siguió revalidando su dominio en la región. En 1961, poco antes de su despedida de las pistas, conquistó el título sudamericano de los 800 por cuarta vez consecutiva –algo inigualado hasta nuestros días- y el de 1.500 por tercera vez. Meses antes, el Estadio Nacional lo había ovacionado una vez más como triunfador en el primer Campeonato Iberoamericano, donde enfrentaba a un rival en ascenso como el español Tomás Barris. También hizo algunas incursiones sobre 5.000 metros y hasta se animó con un medio maratón en Santiago, poco antes de aquel Ibero.

            Luego llegaría el retiro, la vigencia de sus marcas, el recuerdo por aquella estampa de ídolo y por su condición de figura indiscutida del ámbito sudamericano.

Sus récords sudamericanos

800 metros llanos

1:52.3   en Santiago de Chile     23.04.1953

1:50.9   en Sao Paulo                21.04.1954

1:49.0   en Santiago de Chile     19.04.1956

1000 metros llanos

2:25.7   en Santiago de Chile     29.01.1956

1.500 metros llanos

3:48.4   en Santiago de Chile     15.04.1956

3:48.4   en Santiago de Chile     19.04.1957

3:47.5   en Montevideo               20.04.1958

Una milla

4:11.0   en Austin                      29.03.1958

4:09.7   en Houston                   04.04.1958

Su campaña internacional

1951, Juegos Panamericanos (Buenos Aires). 3 en serie de 400 con 50s.7

1952, Campeonato Sudamericano (Buenos Aires): 6° en 400 con 50s.5 y 3° en posta 4×400

1953, Sudamericano Extra (Santiago): 1° en 800 con 1:52.3 RSA y 2° en posta 4×400

1954, Campeonato Sudamericano (Sao Paulo): 3° en 400 con 49s.5, 1° en 800 con 1:50.9 RSA y 2° en posta 4×400

1955, Juegos Panamericanos (México): 3° en 800 con 1:52.4

1956, Campeonato Sudamericano (Santiago): 1° en 800 con 1:49.0 RSA, 1° en 1.500 con 3:48.4 RSA, 4° en posta 4×400

          Juegos Olímpicos (Melbourne): 4 en serie de 800 con 1:52.12 y 10 en serie de 1.500 con 3:58.0

1957, Sudamericano de Campeones (Santiago): 1° en 800 con 1:50.4, 1° en 1.500 con 3:48.4 RSA, 2° en posta 4×400

1958, Campeonato Sudamericano (Montevideo): 1° en 800 con 1.49.6, 1° en 1.500 con 3:47.5 RSA

1959, Sudamericano de Campeones (Sao Paulo): 1° en 800 con 1:54.1 y 1° en 1.500 con 3:57.8

          Juegos Panamericanos (Chicago): 3 en serie de 800 con 1:54.4 y 4° en 1.500 con 3:51.9

1960, Iberoamericano (Santiago de Chile): 1° en 800 con 1.50.4, 1° en 1.500 con 3:52.4 y 4° en posta 4×400

1961, Campeonato Sudamericano (Lima): 1° en 800 con 1:51.2 y 1° en 1.500 con 3:51.2

EN LA VOZ DE RAMON SANDOVAL (Revista Estadio, Noviembre de 1960)

Los principales rivales

“En los 800: 1. Sowell (USA), 2. Spurrier (USA), 3. Barris (España), 4. Balducci (Argentina)y; 5. Argemiro Roque (Brasil). En los 1.500, 1 Burlesson (USA), 2. Barris (España); 3. Wes Santee (USA), 4. Balducci (Argentina), y 5. Eduardo Fontecilla (Chile)”.

¿Cuál cree usted que es el efecto del entrenador sobre el atleta?

“ Fundamentalmente; un efecto psicológico. A él corresponde promover la comprensión, la verdadera identificación con su discípulo, después de lo cual, éste hará lo que aquél se proponga. Un efecto moral también. Lo he experimentado personalmente en momentos de decaimiento; mis entrenadores me han “levanta do” muchas veces. El poder de convicción —basado en su autoridad, en sus conocimientos y en su personalidad— de un buen entrenador ha hecho muchos buenos atletas y muchas grandes marcas”.

¿A quiénes le debe más en el atletismo?

“Primero, a mis padres. En seguida, a cada uno de los entrenadores que se preocuparon por mí, a los que no nombro por orden de importancia, si no por orden cronológico: Alberto Tenorio (del club Green Cross) ; Edgar Laipeniecks, Kovacs, Mainella, Tyrus Terrell (del Lámar College, Texas) y Benz. Luego, a los grandes hombres que vi en las pistas y de cada uno de los cuales extraje algo; en la imposibilidad de nombrarlos a todos, me quedo con los que más hicieron en mí en ese sentido: Whitfield, en los 800; Roszavolgy, en los 1.500, y Zatopek, en el fondo”.

¿Cree usted que en el atletismo lo hace todo el entrenamiento y la condición física?

“No. No todo. Puede hacerse con tales ingredientes un buen atleta “de laboratorio”, pero lo importante es el atleta “natural”, que es el que puede llegar más lejos. Además de preparación y el físico, se necesitan muchísimos otros factores, como cabeza, moral, voluntad, paciencia, entereza, etc.”

¿Se considera usted un producto que nació superdotado?

“Nunca me he considerado tanto. Tuve una buena base natural, indispensable y que me permite considerarme lo que yo llamo un “atleta natural”, pero lo demás lo fue haciendo el tiempo, el medio y el trabajo. Oportuno es decir aquí que tampoco basta con ser un “superdotado innato” para llegar a la cima. Yo he conocido muchachos muchísimo mejor dotados que yo, en todo sentido, y no llegaron a ninguna parte. Veo a algunos juveniles y me parece que están destinados a ser poco menos que campeones del mundo, pero de ellos, muy pocos llegan”

¿Y qué piensa usted de los 5.000 metros? ¿Fue su última carrera en esta distancia un anticipo de lo que pueda hacer más tarde?

Los 5.000 me han gustado muchísimo, es una prueba que me ha tentado muchas veces, pero es opuesta a mis posibilidades. La preparación es diferente a todo lo que he hecho hasta ahora, y el proceso de formación de un buen fondista es muy largo y no me parece que a estas alturas de mi carrera pueda pensar en plazos largos. Necesitaría tres años para hacer marcas que verdaderamente valieran la pena.¿ Y quién me dice que en tres años más voy a estar todavía en la pista? Tengo mis planes en la cabeza, y ellos se oponen a las perspectivas que me pueda ofrecer el fondo.

¿Es Ramón Sandoval un atleta satisfecho?

“Sí, muy satisfecho. En mi balance personal, las alegrías pesan mucho más que mis decepciones. Me faltó una sola cosa para considerarme feliz absolutamente: haber tenido mejor actuación olímpica. Haber aprovechado mejor ese momento de 1956, cuando pedía que me mandaran a Europa unos meses”.

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