Raúl Inostroza, uno de los héroes de San Silvestre

Tradicionalmente, cada 31 de diciembre –desde 1924- se disputa la Travesía de San Silvestre, en Sao Paulo. Es la carrera atlética de mayor popularidad en nuestra región y que siempre convoca a grandes figuras mundiales de largas distancias. Pero este año, por el drama de la pandemia, tuvo que cancelarse. Como un homenaje a dicha carrera, presentamos aquí la semblanza de uno de los primeros vencedores desde que se convirtiera en prueba internacional: el gran atleta chileno Raúl Ernesto Inostroza-Donoso.

(La San Silvestre se abrió a competidores extranjeros en 1945, dos años después fue ganada por el uruguayo Oscar Moreira y en 1948 por Inostroza, quien además quedó fue 4° en 1949 –cuando venció el finés Viljo Heino- y en 1951).

A lo largo de su campaña, Inostroza fue el animador de las pruebas de fondo de los Campeonatos Sudamericanos de la década del 40 y principios de los 50, y aún hoy se recuerdan sus duelos memorables con la legión argentina de héroes olímpicos como Cabrera y Gorno, además de Raúl Ibarra, Ricardo Bralo, entre otros colosos. Inostroza tuvo como mejores marcas 3m57s7 en 1500 (1947), 8m32s4 en 3000 (1943), 14m51s3 en 5000 (1950) y 31m26s9 en 10.000 (1952), en estos tres últimos casos, récords nacionales. Logró cuatro títulos sudamericanos en Santiago 1943 (3.000 individual y por equipos, 5.000 y cross), volvió a ganar los 5.000 en Rio (1947) y los 3.000 en Lima (1949) y cerró con otro gran triunfo en Buenos Aires (1952) sobre 5.000 metros, delante de Gorno, además de escoltar a Cabrera en los 10.000 y establecer el citado récord chileno. Meses más tarde, volvió a acercarse a esa marca (31m28s6) al competir en los Juegos Olímpicos de Helsinki, ocupando el 23° lugar de la carrera que llevó a la gloria a Emil Zatopek. Inostroza también participó en el maratón, aunque debió abandonar.

Presentamos aquí la semblanza de Inostroza, difundida en estos días por el diario El Mercurio, en Chile.

Por DIEGO AGUIRRE / Diario El Mercurio / Chile

Hace 72 años, el corredor Raúl Inostroza se transformó en el primer chileno en triunfar en la tradicional carrera de San Silvestre en Sao Paulo, prueba atlética que se disputa cada 31 de diciembre para honrar al santo católico. Una hazaña que ganó portadas en los diarios de la época. Antes de esa marca única, de los títulos sudamericanos en carreras de fondo y de su participación en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952, el atleta nacional recorrió un duro camino que partió en la extrema pobreza. La historia podría servir de guión para un rodaje de superación, voluntad y pura emoción.

En estas fechas, cuando el año agoniza, la familia del atleta chileno Raúl Inostroza Donoso, multicampeón sudamericano en pruebas de fondo, recuerda su figura con especial cariño: un 31 de diciembre, pero de hace 72 años, el deportista vivió quizás la jornada más gloriosa de su carrera. En una cálida noche paulista de 1948, y ante trescientos mil espectadores, ganó la clásica prueba SanSilvestre en Sao Paulo y su nombre quedó grabado en la historia del atletismo sudamericano.

Raúl Inostroza nació en 1921, pero sus padres lo abandonaron cuando era apenas un bebé. Unas tías, que vivían a orillas del río Mapocho, se hicieron cargo durante los primeros años, aunque rápidamente lo dejaron solo. Nunca fue al colegio.

Para sobrevivir se dedicó a vocear la venta de diarios, y pasó la mayor parte de su infancia corriendo por las calles de Santiago: desde los siete años se ganó la vida como suplementero. Lo poco que cobraba lo gastaba en comida. Y cuando se hacía de noche deambulaba por las principales avenidas de la capital buscando un rincón para dormir.

La calle se transformó en su casa y su labor de “canillita” fue su escape a las penurias de la pobreza extrema. Sus cercanos lo recuerdan por su gran sentido del humor, un rasgo que quizás imitó de uno de sus ilustres vecinos en el campamento donde se hospedó durante un par de años: Abraham Lillo Machuca, el famoso payaso Tony Caluga, quien también merodeaba por las orillas del río capitalino antes de saltar al estrellato circense.

La historia recuerda, asimismo, que Inostroza era tan rápido trabajando como suplementero que siempre era el primero en llegar al final del recorrido sin un solo periódico bajo el brazo. Incluso terminaba su trabajo antes de los pocos repartidores que hacían la ruta en automóvil.

A los 17 años años su vida dio un giro brusco. El club Suplementeros, cuna de reconocidos atletas, organizó una prueba para sus jóvenes trabajadores. Entonces Inostroza cautivó a los dirigentes con su resistencia y elegante estilo. Lo inscribieron en sus filas y no demoró en debutar a lo grande. En su primer torneo fue el más rápido en cinco categorías: 800 metros, 1500 metros, 3 mil, 5 mil y 10 mil metros.

Cinco años después de aquel estreno ya era campeón sudamericano en 5 mil y 10 mil metros, registro que repetiría en varios torneos continentales durante más de una década. También destacó en el cross- country.

Mi abuelo era un niño en riesgo social, y tuvo una infancia muy dura. El atletismo lo salvó, pero no fue fácil llevar una vida de deportista con la formación y la alimentación que tenía. Primero fue suplementero, y ya siendo veinteañero también trabajó como obrero en el puerto de Valparaíso. Así mantuvo a sus cuatro hijos”, confiesa Raúl Inostroza, su nieto homónimo.

Luego de arrasar en la escena sudamericana, Inostroza sentía que había llegado el momento de brillar a mayor escala. En la antesala de los Juegos Olímpicos de Londres 1948, y en la plenitud de su rendimiento, el atleta se aprestaba para viajar a Europa, pero no pudo ser.

Aparte de dedicarse a los 10 mil metros, quería dar el salto al maratón, como su ídolo Manuel Plaza, subcampeón olímpico en 1928. Pero la Federación de Atletismo de Chile lo obligó a prepararse exclusivamente para los 5 mil metros. Eso no le gustó. Y menos todavía cuando el organismo local lo bajó de la delegación por no cumplir los tiempos requeridos.

 Fue un golpe tremendo que no me llevaran a Londres. Podría dar una sola razón de peso para mis merecimientos: los argentinos, que siempre vencí en los Sudamericanos, Delfo Cabrera, Eusebio Guiñez y Ricardo Bralo, todos estuvieron allá y fueron los primeros sorprendidos cuando no me vieron en el equipo chileno. Yo no tenía opción para ganar en la Olimpíada, pero nadie la tenía de los nuestros y debieron, por lo menos, reconocerme mis campañas en los sudamericanos”, reclamó Inostroza en la revista Estadio.

Tanta fue la indignación en Chile cuando se supo que el atleta no fue considerado para la cita olímpica, que se realizó una campaña para recaudar fondos con el propósito de que Inostroza pudiese viajar por sus medios al Viejo Continente. Tampoco resultó. Y a los pocos días se demostró lo errada que fue la decisión de las autoridades técnicas de la federación atlética: el argentino Cabrera ganó el oro olímpico en maratón en Londres.

«Estaba resuelto a retirarme del atletismo, amargado por este desaire, pero hubo un gesto que me hizo desistir: la cooperación del público. Alguien lanzó la idea desde una transmisión radial de costearme el viaje por colecta pública y en pocos días se juntaron cuarenta mil pesos. Pero la iniciativa fue tardía y no hubo tiempo para esperar más y poder embarcarme”, relató el propio atleta.

Su nieto prosigue: “Él nunca tuvo un gran reconocimiento en Chile. Y creo que lo querían más en Argentina, donde fue a competir y ganó muchas veces. En una oportunidad, el Presidente Juan Domingo Perón, presente en un Sudamericano, le dijo a mi abuelo que se quedara allá, que se nacionalizara. Le daban auto, casa, dinero, pero él dijo que no. Nunca quiso renunciar a competir por su país”.

El mismo año en que sufrió la decepción más grande de su carrera, quedando fuera de la nómina de la cita olímpica, Inostroza saboreó un triunfo épico que reivindicó su lugar en la historia como uno de los mejores fondistas de la época: en diciembre de 1948 viajó a Sao Paulo y corrió la mítica San Silvestre, prueba que se disputa en la víspera de Año Nuevo, y que este año se pospuso a causa de la pandemia.

“Fui pensando en los que estimaron que no tenía méritos para ir a los Juegos Olímpicos de Londres. En la carrera de Sao Silvestre me preparé y corrí con más ganas. Quería darle a Chile un triunfo más en el extranjero”, declaró el vencedor.

Trescientas mil personas se volcaron a las calles paulistas para presenciar la gesta del chileno. El público brasileño alentó a Inostroza como a uno de los suyos, y algo tuvo que ver lo que hicieron Inostroza junto a su compatriota René Millas –segundo en esa edición–, quienes decidieron bordar la bandera de Brasil junto a la chilena en sus camisetas.

Fueron siete kilómetros que Inostroza recorrió en 22:18 minutos, más rápido que cualquiera de los mil trescientos competidores que participaron esa noche de diciembre en Brasil. Una victoria inolvidable.

Fue emocionante correr siete mil metros por las calles y avenidas de Sao Paulo en que sólo se oía el grito de ¡Chile! ¡Chile”, expuso Inostroza.

Las épocas son diferentes para comparar, pero de todas maneras está entre los grandes fondistas que tuvo Chile. Tenía un remate final muy bueno. Ganó la San Silvestre, que era una carrera muy exigente, aunque en esos años recién comenzaba a integrar atletas internacionales. Los europeos y africanos llegaron un par de años después a competir en Brasil. De todas formas, su logro fue impresionante. El antiguo recorrido era muy difícil, con una subida final que liquidaba a cualquiera. Se corría de noche, diez minutos antes de las doce”, enseña Jorge Grosser, mediofondista nacional que destacó en la década del 60.

  

Luego de su triunfo, el único nacional que logró emularlo fue Edmundo Warnke, en 1976.

«Poco antes de morir, mi abuelo le dio consejos para que pudiese ganar», asegura el nieto de Inostroza.

La revancha olímpica luego de la desazón de Londres llegó cuatro años después, en Helsinki, aunque Inostroza ya tenía 31 años. Igual le alcanzó para acercarse a su récord chileno.En esa prueba llegó 23º, lejos del checo Emil Zapotek, ganador de tres medallas doradas en Finlandia, Inostroza cumplió su sueño y también corrió el maratón. El resultado quedó en el anecdotario: tuvo que abandonar en el kilómetros 28 con los pies ensangrentados.

Compartimos muchas veces. Lo recuerdo con mucho cariño. Era un atleta brillante, y llamaba la atención su elegancia para correr. Parecía que no hacía esfuerzos sobre la pista. Tenía una personalidad muy divertida”, apunta el exatleta Mario Lorca, de 93 años, y quien fuese amigo de Inostroza.

A mediados de los años 50, el reinado de Inostroza en las pruebas de largo aliento llegó a su fin y el deportista colgó las zapatillas de clavos. Pero no se despidió de la pista: se dedicó a entrenar jóvenes con sus mismos sueños.

El excorredor de medio fondo Ramón Sandoval, diez años menor que Inostroza, tomó la posta de triunfos cuando empezó a declinar el nivel del otrora «canillita». “Muchas veces lo vi alentándome en las tribunas de los estadios donde corrí. Me dio consejos. Fuimos muy amigos. Era una gran persona”, recordaba Sandoval.

El momento justo en que dan la salida de los 10 mil metros en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952. En la imagen, Inostroza aparece en el costado derecho, de blanco y con el dorsal 76.

Foto: Revista Estadio.

“Su sueño después de dejar el atletismo era que más niños chilenos se dedicaran a correr, sobre todo aquellos de bajos recursos. Ese fue el legado que tomó mi padre (hijo del atleta), quien falleció hace dos años: estudió educación física y se dedicó a ser entrenador de atletismo en el INBA”, agrega el nieto.

Antes de morir de un cáncer de estómago, en 1975 y con 53 años, Inostroza pasó sus días acompañando a su esposa en el puesto que tenían en la Pérgola de las Flores, cerca de la Estación Mapocho, en las mismas calles donde sobrevivió siendo un niño huérfano. En ese lugar recibía las visitas de varios ex compañeros que lo vieron brillar en la pista en sus tiempos de estrella. Nunca se movió de la zona norte de Santiago. Su familia cuenta que cada año nuevo, Inostroza abría las puertas de su casa en el barrio Zapadores, en Recoleta, y llenaba con champagne las copas de sus vecinos.

El legado deportivo que dejó se le reconoció luego de fallecer: el estadio Municipal de Huechuraba, así como también un maratón escolar que organiza el Liceo Valentín Letelier de Recoleta, llevan su nombre.

Su nieto cierra: “Siempre estuvo muy ligado al pueblo. No era maleducado, como podía serlo un niño criado en la calle. Era amable con todos. Él murió sin saber leer ni escribir, pero de todas formas era un gran orador, le encantaba hablar con las personas, pero más le gustaba escuchar, porque esa era su forma de aprender”.

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